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Investigaciones de la Fundación
Reunión Un
médico en tierra de chamanes
Por
Enrique E. Tosto
Búsquedas y
acercamientos a la comprensión de la unidad de todo lo existente
Entre nuestros muchos viajes
y búsquedas, el río de la vida nos llevó a una parte de la selva
peruana ubicada en Pucallpa, Perú. Antes habíamos estado en la bella
y ondulada Tarapoto que junto con Moyobamba, en el departamento de
San Martín, parecen ser el reino de las orquídeas peruanas. Fue un
paso más en esta forma de vivir teniendo muy presente que lo único
constante es la transformación, el cambio.
El conocimiento de las plantas y de sus propiedades curativas, que
tienen los chamanes de esas zonas, es muy grande. Antes, el hecho
“sencillo” de vivir en la selva, en el monte como dicen allá, es ya
una potente fuente de bienestar. Ese contacto, ese alejarnos de la
masa de cemento de la gran ciudad abre la posibilidad de iniciar una
cura. Puede uno, además, tomar ciertas plantas en busca de
determinados conocimientos o de curas específicas, pero por sobre
todo hace falta desear crecer y trabajar en ello. Se trata de
aprender a escuchar las diferentes voces de la vida para nutrirnos
de ella.
Con respecto al tenor del trabajo que necesitamos realizar para
crecer, una de esas mañanas, allá en la selva, tuvimos una
conversación con Juan Flores, el chaman, hacedor de Mayantuyacu. En
un momento, le digo: “Aquí, para que se produzca una cura, tienen
que trabajar las plantas, el chaman, los ayudantes y el paciente.”
Juan se inclino hacia mí y en voz muy firme dijo: “Los pacientes
tienen que trabajar mucho, Enrique” Y agrego: “Pero, mucho, mucho.”
Estuve de acuerdo, mientras se lo decía tenía la rara impresión de
estar hablando con un psicoanalista lacaniano en alguno de los
cafecitos coquetos y remilgados de París. Después nos quedamos en
silencio. En algún momento alguno de los dos dijo algo referido a
ese trabajo y reímos. Se trataba de algo muy serio. Los dos lo
sabíamos. Poco tiempo después nos despedimos con un abrazo.
Comenzaba el regreso a casa llenos de vida, dispuestos como siempre
a continuar trabajando con alegría, sabiendo que cualquier lugar es
bueno para seguir aprendiendo. Todo este mundo, este globo azul es
nuestra casa. Somos parte de él, de la vida, de toda esa amplitud,
de esa inmensidad que es la vida, contra la que, curiosamente, sólo
lo humano insiste en atentar.
Los catorce días que pasamos en Mayantuyacu venían con nosotros.
Allí, la selva, el monte, el agua vaporosa de su río hirviente, las
aguas frescas y claras de ciertos arroyos que nacen entre las
piedras, la noche poblada de infinidad de estrellas y cometas, los
días altos y soleados con sus breves lluvias repentinas nos hablaron
con su coro de voces. De ellas aprendimos. Juan dice que las plantas
son más sabias que nosotros porque son hermanas más antiguas. Ni que
hablar del agua y las estrellas.
De todo esto seguimos hablando aquí y así como regresamos una y otra
vez al río a nadar, a aprender de él, de nosotros en él.
Regresaremos también a la selva y a los cantos de Juan.
Tal vez el ser humano, para continuar con su crecimiento, para
curarse del sentimiento de estar separado, necesite comprender que
ha ido demasiado lejos hacia fuera y pueda comenzar a regresar.
Comprendiendo que avanzar en este trabajo también es hacerlo en el
sentido de regresar.
Enrique E. R. Tosto
Fundación
Reunión. Ciencia, arte y filosofía al servicio de la vida cotidiana.
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